Sofocante Humedad
Estoy agotado, acostado en una cama de motel de lujo. No puedo mover un solo músculo e intento desesperadamente llenar de aire mis pulmones. Mi vista está fija en la cavidad de una pequeña cúpula, de cuyo centro brota la luz que, filtrada por una pantalla redonda y blanca, nos baña a ella y a mí.
No recuerdo la última vez que me sentí tan cansado y agitado, pero ni siquiera ahora, justo después del mejor sexo que he tenido tal vez en años, puedo apartarla de mi pensamiento.
Créanme, estuvo realmente bien. Incluso mi compañera se ha volteado hace unos segundos para acurrucarse sobre mí, también su respiración es agitada y a ratos suelta uno que otro gemido apagado que muestra su satisfacción. Aunque también es probable que, después de algunos abriles de ayuno conyugal, ahora se emociona mucho por cualquier cosa. ¡Esta pinche costumbre de menospreciarme a mí mismo!
¡Le gustó, ya quédate con eso! Siempre tienes que sacar algo en tu contra. ¡Eres tu peor enemigo¡ ¡Disfrútalo y ya hombre! ¡Vive el momento! Mírala, ella esta acostada sobre ti, satisfecha. Mira su cuerpo. Está muy bien para tener cincuenta. Y además tiene un Doctorado que la acredita y te sirve como referente de que no se metería con alguien que no considerara, por lo menos, intelectualmente atractivo. Así que concéntrate en lo que te está pasando ahora. ¡Ya!
Informo a mi amiga que ya es tiempo de abandonar el lugar. Nos metemos a la ducha juntos y tenemos otro coito. Después de jabonar nuestros cuerpos, mientras nos enjuagamos, ella me hace un comentario que me hace recordar que me da mucha pereza seguir un proceso con una mujer. Es algo que siento a menudo.
El problema con las mujeres es que sienten que necesitan atención de los hombres, si uno no les llama a menudo y se porta atento con ellas después no quieren salir. Se hacen las difíciles y no contestan las llamadas o se muestran molestas durante la cena. No sé qué carajos esperan ellas de un hombre como yo.
Trato de tranquilizarme un poco y dejar que las cosas pasen. Nos vestimos y salimos del motel. La llevo hasta el lugar donde habíamos quedado de vernos en un principio. Nos decimos dos o tres cosas bonitas y ella baja de la camioneta para caminar hacia su coche. Todavía, antes de irse, baja el vidrio de su portezuela y, tocándose los labios, me lanza un beso. Sonríe y se va.
¿Ahora te das cuenta? Eres bueno. La verdad es que no te cuesta ningún trabajo portarte bien con las mujeres, tratarlas amablemente. ¡Mira la cara de felicidad que le has dejado! No seas tan duro contigo mismo. Ya es bastante lo que sufres a diario teniendo que soportar a tu madre metida en tu casa, poniéndole buena cara, como para que no te des chance de pasártela bien un rato con una mujer. Lo bueno es que eres consciente.